Olvidar para emocionar

olvidar

Al espectador le encanta inferir cosas, adivinar qué sucederá más adelante en la historia. Por esto uno de los trabajos del guionista es darle pistas, ya sean falsas o verdaderas, para contribuir a ese juego en el que el público entra. Ya sea que adivine lo que sucederá o sea sorprendido, el espectador siente satisfacción. Por eso el guionista debe estar atento a saber utilizar una herramienta que hará este juego emocionante: el olvido.

Muchos hemos visto películas en las que sentimos que al héroe o al villano se le están dando las cosas fácilmente para cumplir su objetivo. Por ejemplo, si necesita escapar de una celda, aparece casi como por un acto de magia un elemento contundente para abrir la puerta; o incluso el guarda que cuida la celda deja caer las llaves y el personaje solo debe estirarse un poco para alcanzarlas y abrir. Estas casualidades son desconcertantes para el público, y así quieran ver al héroe victorioso, quieren verlo trabajar por su triunfo.

Para evitar ese desconcierto es donde entra a jugar el olvido. Dentro de la narrativa del cine, un elemento fundamental es la causa, que permiten avanzar la historia al crear efectos y estos a su vez nuevas causas. El papel del olvido entra en juego precisamente entre la causa y el efecto. El tiempo nos hace olvidar –si no pregunten a alguien que haya perdido un amor– y está en el recordar lo que emociona a los espectadores. Ellos se sienten poderosos al tener una información y por eso disfrutan al recordar una causa o un elemento que ayude a complicar o solucionar alguna situación para uno de los personajes.

Sería muy diferente si sabemos desde la primera escena que el personaje que está en la celda trabaja en una ferretería y puede abrir una chapa hasta con el tirador de su bragueta o que el guarda, que fue el mismo que lo apresó, esta borracho al celebrar su captura y tiene un descuido con las llaves. Es lo que los manuales norteamericanos llaman Pay off, una causa que reclamamos más adelante.

La imagen del escritor que golpea el teclado sin parar tiene mucho de romántica. Esto porque el escritor debe detenerse y volver constantemente para pensar qué causa sembrar y contar las páginas que han pasado en las que le haya dado tiempo al espectador de olvidar. Es un trabajo de maquetación, en la que se deben ubicar con cierta distancia elementos, características de personajes y episodios, que permitan al espectador emocionarse y sorprenderse, al igual que lo hace al encontrar a un viejo amigo o un billete olvidado en un bolsillo.

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